Imagínate que un día enciendes tu ordenador, sí, nada especial, oh espera, qué es ese letrero que ni tu inglés logra descifrar. Es un aviso que indica tu disco duro, se chingó, valió verga, y nada puedes hacer, es basura metálica. Valió madres y con él todo; música, fotos, vídeos, textos, audios, accesos... Es una ciber-pesadilla, sólo despierta y ya. Bueno yo no puedo a mi me acaba de suceder.
Enciendo el computador y no puedo creer que tenga nada, nada. No evitaría llorar, pero no lo siento, pienso que debo despojarme, olvidar la virtualidad y aceptarlo. Pero sí pienso no se me dejan de venir imágenes de todo lo que tenía. Lo que más lamento son las fotos: fotos de mí, de mí a los 15 con cientos de flores en mi cama (eran muchísimas), a los 16, 17, 18 y así hasta llegar a hoy; fotos de las veces que salí con viejos amigos, unos muertos, otros forasteros; las de los viajes, ya no podré ver esos mares, esos desiertos, con rostros amables, otros apenas perceptibles en las esquinas, y mi silueta entre ellos; luego pienso en las personales, las bien escondidas entre carpetas, que mostraban desnudos dos hombros y a veces cuatro, y luego están las editadas, mis inicios en el diseño... Ahora sí no puedo evitar llorar; podré recuperar algunas huellas en amigos, pero lo íntimo, lo muerto, lo único, eso ya no.
Luego están los vídeos con mi cuerpo y su metamorfosis, lo mismo con mi voz en los audios, y qué triste perder las veces que cantaba con mi abuela. La música, los más de seis mil elementos elegidos en años, bueno, esos están regados por la red, poco a poco los recuperaré... Pero este silencio es espantoso.
Lo que me acaba de pasar un hoyo negro que deja un hueco en la historia de mi vida, es una etapa sin nombres, lugares, ni registro.Y eso sí duele, parece un juego de espejos en mi mente, que en cada reflejo pierden nitidez. Sin duda la lista es interminable pero veré su fin en el olvido.
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