Me gustas a las tres de la mañana, sin telarañas en los ojos, ni peces que te tuerzan la boca; como un capullo, apenas floreciente, rociada de la humedad matinal. Y yo, lleno de ganas que no me dejan soñar, olerte en mi brazos y verte abandona en ti, tan frágil de nubes, tan muerta y tibia, tan alunada y aún nocturna.